“Nadie se espera que yo sea así”

Habla el historiador Tomás Straka en una pequeña sala de consulta en la biblioteca del Instituto de Investigaciones Históricas de la UCAB

Entre tomos gruesos, verdes, marones, azul marino y aroma a cuero se yergue un gran escritorio en una habitación ahogada por estanterías topadas de libros. El ambiente tiene olor a biblioteca, la luz es blanca y el aire fresco para conservar los documentos históricos.

El profesor Tomás Straka, Director de la Maestría de Historia de las Américas en el postgrado de la Universidad Católica Andrés Bello, escritor de libros y ensayos históricos, surge de entre paredes blancas con una corbata de rombos pardos y con la vanguardia sobrepasando el nivel de los afiches colgados en las paredes. “Mi aspecto suele llamarle la atención a la gente: primero porque soy muy alto, mido casi dos metros; también cuando me leen la gente cree que soy mucho más viejo; y por último, por mi nombre me imaginan musiú”, señala el historiador.

Tomás Straka
Tomás Straka

Patronímico y consanguíneo

La seguridad de alguien que ha estudiado un texto de historia colma la narración del origen familiar de Straka; es un discurso que se denota ensayado y enunciado previamente. El profesor ha pensado en ella antes. “Mi mamá es de Barlovento, mi padre era Checo; es la combinación que me hace mulato. Pero también soy producto de una mezcla interesante: mi abuelo era trinitario nacido en El Callao, de donde saqué el tamaño y lo fundamental de mi aspecto”, indica.

El periodista Hellmunth Straka, padre del profesor, fue parte de la minoría alemana en Checoslovaquia que resultó desplazada de su tierra a causa de los decretos de Benes luego de la Segunda Guerra Mundial. Su madre, María Luisa Medina, venezolana, es 30 años menor que su difunto esposo. A pesar de la diferencia generacional, Straka creció en un entorno familiar armonioso donde los temas culturales e intelectuales fueron estimulantes.

“En Italia, mi padre conoce a un funcionario venezolano que buscaba inmigrantes. Él sabía poco de este país: había escuchado sobre Bolívar y se enteró cuando murió Gómez. Decide venir en barco a Venezuela”, expresa. Straka siente la necesidad de explicar sus raíces; confiesa que ha tenido que repetir la historia de su origen familiar repetidas veces.

Dr. Jekill sin Mr. Hyde

Convencido de que su persona tiene una dicotomía clara entre el historiador y el hombre fuera del oficio, el profesor exclama: “¡Claro! Yo tengo una vida que no se asocia al profesorado. Me gustan muchas cosas: amo el cine, la literatura me encanta, cultivo las amistades, me interesa lo político; aunque no creo que haya una gran diferencia entre mi profesión y mi vida fuera del trabajo, tal vez están más confundidas de lo que yo pienso.”

Además de ser entusiasta de la literatura, Straka admite que su hobbie constituye su oficio. “A los 7 años escribí una composición sobre las relaciones familiares; por ello obtuve un beca de 120 bolívares como primer premio de un concurso organizado por la presidencia de Herrera. Recuerdo, por recortes de periódicos, que los otros niños ganadores salieron de Los Caobos con bicicletas; y yo, con un sobre. Quedé bastante decepcionado”, cuenta.

En su adolescencia continuó su inclinación en las letras escribiendo varios cuentos denominados por él mismo como “pecado juveniles”, de los cuales algunos fueron publicados en un suplemente cultural del diario Últimas Noticias.

En el año 91 cursó un taller de narrativa en el Celarg, donde fue el peor de los estudiantes, a pesar de eso Straka confiesa que aprendió mucho sobre escritura ya que se sintió obligado a escribir al menos un cuento semanal. Con gran pena, el profesor insiste que esos cuentos quedarán enterrados hasta que alguien decida sacarlos por la ocurrencia de investigar sobre su vida. Pronuncia un “no” apresurado y categórico seguido de “no los publicaré, yo no soy cuentista.”

Su primera publicación, La voz de los vencidos en el año 2000, constituyó su tesis de maestría, desde entonces se sintió atraído por la historia de las ideas e historia política, lo cual inspiraría el resto de sus textos.

Desde el comienzo, Straka ha vivido en una incursión paralela entre las letras y la historia. “La historia para mí fue un vocacio, fue una vocación, un llamado. Mi acercamiento a la historia viene dado porque sin ella no me entendería a mí mismo”, reflexiona.

La voz de los vencidos, ideas del partido realista de Caracas (1810-1821), 2000.
La voz de los vencidos, ideas del partido realista de Caracas (1810-1821), 2000.

La vida anormal

“Cuando era niño no me agradaba mucho leer; a los 15 años no leía Edgar Allan Poe. Yo era un niño normal”, expresa seriamente y reconoce que ahora no se considera una persona estándar. “La gente normal estudia Ingeniería o Derecho, su vida se centra en comprarse un apartamento, un carro y viajar a Miami de vez en cuando en vacaciones. Yo trabajo en algo a lo que se dedica poca gente; me intereso por cosas sobre las cuales se preocupa poca gente”, continúa.

El profesor se interrumpe y aclara que nunca se ha creído mejor que los demás, eso sí, ofrece respeto tal como lo exige. Straka extiende la narración de su adolescencia: los años inmediatos de la muerte de su padre fueron económicamente difíciles; a sus 16 trabajó con su madre vendiendo periódicos en un kiosko.

Straka, a pesar de tener un padre de oficio periodístico en la Cadena Capriles, nunca consideró la carrera de Periodismo; pensó ser militar por tener una historia épica en su ascendencia familiar; pero se dio cuenta que era muy malo en las matemáticas y los deportes, razones por la cuales esa opción quedó descartada.

“Cuando yo decido estudiar en el Instituto Pedagógico de Caracas todo el mundo me vio como un bicho raro. Si hubiese dicho que quería ser monje y meterme en un convento la gente se hubiese impresionado menos”, indicó sin ya parecerle graciosa la anécdota. A pesar de que en su entrono recibió negativas por el hecho de decidir estudiar Humanidades y luego Educación Ciencias Sociales, acogió el apoyo de su familia.

“Los domingos le dábamos clases a obreros en el pedagógico, y era una cosa estupenda porque en aquella época pagaban como 150 bolívares la hora, yo me sentía como en el Reino de Jauja; luego trabajé en el INCE durante una huelga de profesores; mientras estaba en eso un profesor me pide que sea su asistente de investigación”, narra con los ojos bien abiertos; parece aún estar sorprendido de aquellos días.

Su vivencia en el Instituto le enseñó una parte del escenario en la vida de Venezuela y lo ayudó a madurar como persona y estudiante. “Saqué muy buenas notas en el Pedagógico, lo cual fue una novedad”, revela.

Posteriormente fue docente en el Colegio Teresiano del Paraíso; por un cuestionamiento profesional y por los problemas dentro del Instituto Pedagógico de Caracas, decide abandonar su alma mátter y asumir una suplencia en la Universidad Católica Andrés Bello en noviembre de 1996. Desde entonces, Straka se haconstruido un camino y una carrera dentro de la UCAB donde es actualmente director de maestría en postgrado.

Pez fuera del agua

El profesor Straka admite que no es un gran fanático de la investigación y del arqueo de documentación, cosa que su profesión exige; prefiere escribir ensayos sobre los temas que indaga.

El historiador narra que durante sus estudios en el colegio trató de instruirse en carpintería; obteniendo desilusiones ya que admite ser muy malo haciendo las manualidades. A los 30 años se mudó de casa de su madre y vivió algún tiempo sólo, lo cual lo obligó a ejercitar la cocina. “Tuve que aprender; pero no fue algo que lamenté porque me gusta mucho comer”, haciendo énfasis en la última frase.

Ser investigador e historiador van de la mano, quienes realizan estas funciones son personajes que tienen mucho que contar, más aún cuando han estado rodeados de acontecimientos personales que marcaron sus vidas.

Después de un imprevisto corte y una mudanza provisional a su oficina, recinto similar a “un estuche” en el que destaca un afiche de Andrés Bello, la partida fue breve.

–¿Cuántas entrevistas le han hecho?

– Unas cinco o seis; pero ninguna tan personal como esta.

(Via Magazine Urbano)

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